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not everything is what it seems to be


myritza castillo

La vida es puro teatro

Lejos de las fiestas de cumpleaños, de los actos académicos, de las visitas turísticas o de las reuniones con antiguos compañeros, la cámara fotográfica de Myritza Castillo recoge episodios personales de su biografía visual que nunca antes habían saltado a la esfera pública. Se trata, podría pensarse así, de una “autobiografía ficticia”, con toda la suerte de paradojas y de peculiares interrogantes que este título puede arrancar en las miradas más tradicionales. Con rostros que sustituyen al de la protagonista, con escenas deseadas más que sucedidas, con la reproducción de pensamientos más que de acontecimientos o empleando la escenificación en lugar de la documentación, la serie de imágenes que aquí se presenta tuerce algunas arraigadas expectativas clásicamente asociadas con el medio fotográfico.


En estos episodios fotográficos, en los cuales no todo es lo que parece ser, el papel de la artista se funde con el de personaje, siendo en ocasiones modelo de sus propias representaciones y, en otras, apareciendo en escena a través de otros actores. Se trataría, por tanto, de personificaciones metafóricas de ella misma, la cual escribe sus memorias a través del objetivo y mediante la voluntariosa manipulación de la toma clásica a la que la fotografía documental nos ha tenido acostumbrados. No de otra manera sería posible imaginar, de hecho, la reproducción de sus sentimientos, sus miedos, sus angustias y sus frustraciones. Así, por medio de alter egos, Castillo da imagen a una soledad infantil plena de regalos, ilustra también el vacío emocional frente a una nevera llena, refleja la pérdida de los seres amados y la vana pretensión de recuperar su presencia, representa la fragilidad humana frente a los retos y obstáculos que se le interponen en la vida y escenifica la desesperada persecución de la efímera perfección creativa. Sin embargo, y en una línea más amplia, tales obras no son sólo alegorías de un pasado propio e individual, sino que traducen, iconográficamente, nuestras propias soledades, nuestros vacíos y nuestros naufragios emocionales.


Not everything is what it seems to be es, por tanto, el documento de un imaginario colectivo, de la escenas de la memoria de un espectador cualquiera, particularidades aparte, en la que se desata una cadena de déjà vus que, a su vez, inquietan su mirada. Tal inquietud, precisamente, procede de la artificiosidad que emanan las escenas, de cuyo asunto –la intimidad y la cotidianidad diaria- no es de esperar una composición tan medida ni una pulcritud técnica tan meditada. Esa extraña fricción que se genera durante la interpretación de la imagen es heredera de algunos de los iconos de la reciente fotografía finisecular, como los estadounidenses Jeff Wall y Philip-Lorca diCorcia, maestros en la distancia de Myritza Castillo. A ellos les rinde homenaje, a través de guiños a sus obras y a sus personajes –también de sus respectivos círculos de familiares y amigos- o mediante el empleo de las cajas de luz, con las que se le brinda a la imagen una peculiar cercanía a la publicidad o al cine.


En la misma línea estética y compositiva de estos artistas norteamericanos, es precisamente la escenificación de la espontaneidad lo que provoca en el espectador más suspicaz la sospecha de que algo extraño inunda la escena, de que un ruido visual dificulta la lectura de la misma. Son días de preparación, de hecho, lo que esconde el resultado de cada instantánea, puesto que abarcan la elección y preparación del escenario, el ensayo con los personajes, la composición y, entre otros factores más, la disposición de la luz. Esta última concentra una particular atención en cada una de las imágenes, ya sea natural o artificial, de procedencia evidente o camuflada y, en cualquiera de los casos, de una etérea calidez y de una delicada belleza, no por ello, sin embargo, menos turbadora y enigmática.


La puesta en funcionamiento de todos estos procesos acerca la labor de la artista a la de la dirección cinematográfica, aunque, en este caso, la historia deba concentrarse y transcurrir en un solo fotograma. A consecuencia de ello, los recursos narrativos empleados deben afinarse al construir la historia, provocando en los actores unos gestos de tinte melodramático o de histriónico amaneramiento, lo que incide en el mencionado desconcierto que inunda cada escena. La lograda tensión retórica, por tanto, está lejos de facilitar la lectura de la historia, puesto que ésta queda abierta a diferentes traducciones y los personajes, absortos, ensimismados o paralizados por un sobresalto inesperado, multiplican las posibilidades narrativas que ofrece cada uno de estos filmes instantáneos. Uno de los paradigmas de la fotografía clásica, el “instante decisivo” promulgado por Henri Cartier-Bresson, recupera aquí su actualidad debido a la necesidad de concentrar la acción en una sola toma, aunque, a su vez, es pervertido y trastocado por la ausencia de espontaneidad que le caracterizaba. En conjunto, presenciamos el abandono de la tradicional aproximación del fotógrafo como un testigo silencioso que reproduce una escena, disponiéndose ahora la historia previamente sin esperar con paciencia a que ésta suceda con naturalidad.


Con Not everything is what it seems to be, Myritza Castillo demuestra sibilinamente que la fotografía puede ser más un juego visual que un documento. La frenética repetición de este título en la portada del catálogo inquieta en similares dosis a las que lo hacen sus instantáneas y nos evocan una escalofriante escena de uno de los maestros cinematográficos del misterio y el suspense, Stanley Kubrick, en The Shining. Cuando Wendy acude a descubrir el texto que durante días ha estado escribiendo a maquinilla su esposo, Jack Torrance, advierte que éste ha repetido sistemáticamente, a lo largo de decenas de páginas, la frase “All work and no play makes Jack a dull boy”. Esta espeluznante visión perfora la mente del espectador mientras espera, impaciente, la resolución del misterio. El misterio, en el caso de estas obras de Castillo, nunca se llega a resolver, puesto que son, al fin y al cabo, un juego de ficción con tantas soluciones como el número de miradas que en ellas se concentren.


Laura Bravo

Ph.D. Historia del Arte