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La muerte, la certeza del miedo y el inevitable olvido:

la obra reciente de Cristopher Rivera


Por Mercedes Trelles Hernández


Feliz de estar aquí es una de esas frases banales que solo enuncian los presentadores en la tele.  Sin embargo, esa es la frase que se repite a través de esta exhibición cuyas obras afrontan tanto el miedo como la inminencia de la muerte y el olvido.  A través de pinturas, grabados, dibujos, fotografías y vídeos, Cristopher Rivera presenta un conjunto de obras que cautivan al espectador por su capacidad elíptica.  Como en un cuento donde el personaje principal no aparece pero deja su rastro por doquier, la muestra invoca y elude la experiencia de la muerte, llevándonos por una secuencia que incluye el sueño, el amor, la religión y la memoria como paliativos ante la despiadada parca.


Como muchos artistas contemporáneos, Rivera posee un sentido del humor de refinada ironía.  Por eso, al comenzar a ver las obras de esta exhibición, el espectador siente una sonrisa socarrona subirle a los labios.  ¿Cómo encarar de otro modo la pieza en donde aparecen dos esqueletos abrazados con alegres líneas de colores a su alrededor?  ¿Qué pensar de las fotos del artista con letreros en diversos idiomas anunciando, frente a las plazas de Europa, que está feliz de haberlas visitado antes de morirse?  El espectáculo es claramente ridículo y a la vez enternecedor (¿quiénes de nosotros no hemos pensado secretamente lo mismo?)  Sin embargo, no estamos aquí ante la actitud socarrona que caracteriza la cultura de la muerte en México, aunque ciertamente hay influencias e imaginería de ese país en la muestra.  Por el contrario, a medida que uno se enfrenta con las diversas obras del conjunto queda claro que la ironía está dirigida a nosotros mismos.  Esto es evidente ante los grandes lienzos dibujados If Love Could Save Us I, II y III,  así como en los paneles de madera en los que se nos presenta el inventario de aparatos con los que ahuyentamos el olvido: la cámara, el libro, la cámara de película, la grabadora.  Mediante estas piezas la muestra adquiere otro tono: uno que se burla dulcemente de nuestra gesta contra el olvido y lo terrible.


Christopher Rivera es un artista joven, muy joven. Esto, en el mundo del arte puertorriqueño a menudo se traduce en un arte enchufado a las últimas corrientes internacionales y poco más. Rivera, por el contrario, nos presenta una temática de envergadura con un estilo muy particular, reminiscente al foto realismo de la década del setenta.  Como en las obras de esa corriente, el espectador se siente deslumbrado ante sus dibujos de gran tamaño y sus capacidad para la verosimilitud o el trompe l’oeil.  Sin embargo, hay en sus obras un matiz distinto, pues los personajes aparecen en ángulos que claramente recuerdan la capacidad narrativa de la cámara cinematográfica (o la fotográfica de Cindy Sherman).  Además, Rivera gusta de imprimirle una textura rica a sus obras, combinando el trazo sedoso del lápiz con la textura rugosa del lienzo y los colores y patrones estandarizados de las telas y las cintas.  Con este entretejer de texturas y medios, sus obras resuenan en ámbitos de nuestra experiencia más allá del mundo del arte, como lo es el de la domesticidad cotidiana y su inevitable encuentro con el kitsch.  Evocando a la vez la historia del arte, la cotidianeidad y hasta la abstracción geométrica, estas obras deslumbran a nivel estético por su independencia de criterios y nos hacen pensar en que pronto podremos redefinir las expectativas de lo que es arte joven en Puerto Rico.


Finalmente, es importante destacar que con esta muestra, Christopher Rivera deja claro su madurez intelectual y estética al presentar una exhibición coherente, en donde las piezas individuales sobresalen, a la vez que se someten a la lectura de conjunto.  Este detalle – que la muestra funcione como muestra – es asaz raro y debe ser celebrado.  No se puede resumir la muestra con una solo foto, pues no hay aquí la estética de formula y repetición que a veces le imprime unidad a un conjunto de obras. Por otro lado, tampoco hay eclecticismo.  Variadas y coherentes, fotografías, videos, grabados y pinturas nos hablan de la muerte de la memoria y el olvido.  Una cosa es cierta, ni las obras ni su artista serán olvidados.

LA MUERTE DE LA MEMORIA Y EL OLVIDO

Christopher Rivera

November 2008

Solo Show